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Más allá de la aeronáutica

Debido también a las circunstancias de aquellos años, el INTA, desde el principio, fue más allá de lo que debía ser su cometido específico. “Fue un auténtico Laboratorio Nacional para la industria española, cuando sólo hubiera tenido que ser un instituto dedicado a la aeronáutica… actuó como una especie de Agencia Nacional de Investigación y Control de Calidad”, desarrollando “tareas que en otros países eran propias de Laboratorios Nacionales de Tecnología y Metrología (el National Physical Laboratory británico, el Physikalisch-Technische Reichsanstalt alemán, o el National Bureau of Standards estadounidense” (Sánchez Ron). No es en absoluto casual, a este respecto, que el Consejo de Ministros aprobara la designación de un representante del INTA en la Comisión Permanente de Pesas y Medidas.

Como el INTA debía homologar el material relacionado con la aeronáutica, lo que implicaba analizar combustibles, pinturas, lubricantes, materiales, sistemas de transmisión... fue formando los equipos de investigación adecuados —algunos, únicos en su especialidad en aquellos años—, que enseguida elaboraron informes para diversas ramas de la industria nacional. Esta actividad “no aeronáutica” del INTA se mantuvo incluso cuando la situación industrial y económica de España empezó a mejorar. Un ejemplo curioso de esa actividad extra-aeronáutica se ve en el túnel aerodinámico, en el que, además de los ensayos relacionados con la aviación, se probaron todas las primeras antenas de televisión utilizadas en Madrid. En cuanto a la industria aeronáutica, hay que decir que el papel del INTA fue de apoyo, no de competidor.

Una de las primeras funciones del INTA consistió en responsabilizarse del control de los aparatos de la aviación comercial. Pero pronto se abrió a otros campos, como el de la industria automovilística, en el que hoy sigue trabajando. Concretamente, se ocupa de la seguridad de las condiciones técnicas a través del Departamento de Plataformas y Vehículos Terrestres, cuyo precedente fue creado en 1958. La infraestructura de la que se dotó entonces sirvió para que el Instituto funcionara como laboratorio nacional de certificación y control de calidad.

De aeronáutica a aeroespacial

En 1958 se crea la NASA. En su primer programa tripulado, Mercury, dirigido a comprobar las posibilidades de supervivencia del hombre en el espacio, hay una presencia del INTA. La década de los 60 supone un salto cualitativo en la actividad del Instituto. Es entonces cuando adquiere su fisonomía actual y pasa a llamarse Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial. Esa década está marcada por la colaboración hispano-norteamericana en materia aeroespacial, a partir del primer acuerdo con los Estados Unidos, firmado en 1960. El acuerdo se refiere a la construcción de una estación de seguimiento espacial de la NASA para apoyar precisamente el proyecto Mercury; la estación se levantaría en Maspalomas (Gran Canaria) y entraría en servicio en septiembre del 61, siguiendo a la misión nº 4 del proyecto Mercury, una cápsula sin tripulante que dio una vuelta a la Tierra. Hay que decir que, en ese momento, Maspalomas está totalmente operada por técnicos norteamericanos; sin embargo, la presencia allí de personal del INTA permitió conocer de cerca los equipos y métodos de trabajo de la NASA.

Estación de Maspalomas en los años 60